Teatro

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ANIMAL                                                                                                       18.09.2014

El Teatro no es solo pasar el rato; es sentir, vivir, filtrar por tu cuerpo las emociones que los actores, el texto y demás ingredientes conjugan en una obra. ANIMAL consigue todo eso y más. La última obra dirigida y escrita por Rubén Ochandiano te embauca y te lleva hasta lo más profundo de su desgarradora historia.

Recordemos que no es la primera dirección teatral de Ochandiano ya que le hemos podido ver al timón de La Gaviota y Antígona. Pero sí es la primera vez que escribe una obra teatral y el resultado no ha podido ser más sobrecogedor. Esa es la palabra que define ANIMAL. Una duda, un amor del pasado, la incertidumbre, los celos, la rabia, la desconfianza, todo se entremezcla en esta obra con total solvencia. Casando una pieza con otra, construyendo un camino por el que el espectador sin darse cuenta pasea hasta formar parte del suspense de este drama. No es un drama al uso, de pañuelo, de lágrima fácil. Rubén Ochandiano no es de esos. ANIMAL es reflexión, son personajes rotos desde lo más profundo de sus seres por un suceso, que obviamente no desvelaré. Cualquier detalle cuenta. Las pistas despistan, te unen, te separan, confías, desconfías, crees y no crees. Eso solo se consigue con una estructura formada a la perfección.

ANIMAL se presentó en julio con un rotundo éxito en ese enclave cultural madrileño que es La Casa de la Portera. Ahora se retoma, los domingos de este mes en la misma sala. Era mi primera vez ante este formato. Sentía una curiosidad tremenda por conocerlo. Vaya por delante toda mi admiración ante cualquier manera de apostar por el teatro, y el formato micro, más íntimo, más cercano cada vez suma más adeptos. La Casa de la Portera es magia pura, es acogedora. En uno de los salones de escasos metros cuadrados se desarrollan las obras. Tienes al actor ahí, puede tocarte. Esa sensación, como espectador es indescriptible. Que se desarrolle la historia a escasos centímetros de ti te mete todavía más en lo que sucede, te sientes parte de la obra, sientes que eso forma parte de ti, que eso también te involucra a ti, eso es maravilloso.

Mención especial merecen los actores. Un triangulo perfectamente engranado.
María Vázquez interpreta a una madre absolutamente desbordada pero que parece ocultar más de lo que el espectador cree a priori. Vázquez no solamente merece una Max por su actuación, merece cualquier alabanza por su complicada tesitura. No pierde ni un segundo su tensión en esta historia. Tamar Novas es el amigo, amante de antaño. El amor hace cometer locuras. La madurez actoral de Novas se plasma en esta obra. Deambula entre la delgada línea del bien y el mal. Su rostro es capaz de mostrar con absoluta naturalidad y maestría registros diferentes en escasos segundos. También podéis disfrutarle en “Comedia y sueño. La mentira más hermosa” (Teatro Conde Duque). Por último, pero no menos importante está Alejandro Casaseca. ¿Culpable o no culpable? ¿Quién es culpable? Casaseca encarna con destreza al marido de Vázquez. El se muestra repleto de ira, fuera de sí, se siente engañado. Su complexión, su rostro furioso y desencajado hace temer incluso a los allí presentes. Las disputas, los ruidos, te hacen sobrecogerte, ponerte alerta. Nada es lo que parece pero todo es lo que se ve.

Ochandiano lo ha vuelto a hacer. Está creando incluso un estilo en la dirección, una forma de entender el Teatro, de exhibir las historias. Hablamos de la reflexión del drama, del ir más allá, de no quedarse en la superficie, de introducirse hasta lo más profundo. Un espectador no sale indiferente después de ver una obra que tiene como director a Rubén Ochandiano. Mientras sigue con ésto prepara la adaptación de la obra de Antón Chéjov (uno de sus autores predilectos) El Jardín de los Cerezos que se estrenará en febrero en la Sala Mirador.  Con ANIMAL, recordad, la cita es los domingos en La Casa de la Portera. Otra manera de sentir el Teatro.

TRÁGICA VELASCO                                                                               25.08.2013

Concha Velasco es a Hécuba, lo que Hécuba es a Concha Velasco. Son una. El mimetismo, la absorción es plena y completa. La Velasco se hace con la aciaga troyana para dar una lección de maestría sobre las tablas ante un teatro repleto con el cartel de “No hay entradas”.

Ayer el Teatro Romano de Sagunto acogió la segunda y última fecha de Hécuba en tierras saguntinas. El paraje envolvía una de las tragedias más desgarradoras de cuantas se han escrito. Aunque bien es cierto que a dicho teatro poco le queda de romano. La remodelación del escenario y gradas, quiero pensar que por una imperiosa necesidad por el paso de los años y por seguridad, han hecho desparecer gran parte de ese espíritu clásico. Tan solo alguna columna ubicada sobre ladrillo, y alguna que otra roca recordaban que aquello era un teatro del siglo 50 d.c. Detalles aparte, centrémonos en la obra.

Hécuba está dirigida por José Carlos Plaza y producida por Jesús Cimarro basados en la versión de Juan Mayorga. Tres nombres  de los que no se puede esperar menos que perfección. Aunque pondría un nimio pero. El coro. En alguna ocasión las canciones eran adaptadas de una manera excesivamente actual, con algún que otro gorgorito y música de base más cercano a una gala de Operación Triunfo que a una tragedia clásica. Pero salvo esa pequeñez, el resto es brillante.

Concha Velasco interpreta a una Hécuba renqueante, ajada, vieja y humillada. Se enfrenta a la muerte de dos de sus hijos. Políxena y Polidoro.  Una de las partes cumbre de la obra, donde el nudo no deja pasar la saliva ni apenas la respiración es cuando Agamenon (José Pedro Carrión), llega para llevarse a Políxena (María Isasi) para degollarla sobre la tumba de Aquíles, como pide su espectro.  El desgarro de La Velasco, de esa Hécuba que ha visto como pasaba de reina a esclava, que asiste a la petición de su hija, su bella hija, a que la deje marchar. Que observa como Agamenon la arranca de sus manos y ella lucha  sin fuerzas para mantenerla a su lado es erizante, emocionante y sobrecogedor.  No menos intenso es el momento en el que el cuerpo yacente e inerte de Polidoro llega hasta las orillas de Troya. Como venganza, Hécuba decide sacar los ojos a Poliméstor y matar a su hijo. Hécuba se crece, La Velasco saca pecho, y logra vencer al poder.

Hécuba pasa de reina a esclava. Pasa de tenerlo todo a perderlo todo.  “¡En otro tiempo era yo reina, y ahora soy tu esclava; en otro tiempo tenía yo numerosos hijos, y ahora estoy vieja, sin hijos, sin ciudad, siendo la más desdichada entre los vivos!”, “Antes eras reina, Hécuba. ¡Ahora no eres nada Hécuba, nada!” Gritaba La Velasco de cara a los asistentes. Esas frases se te clavaban a fuego.

Esta Hécuba es una de esas obras que todo el mundo debería ver, de esas que sientes que si no asistes queda un vacío. Presenciamos uno de los momentos cumbre de la carrera de Concha Velasco. La madurez le ha sentado como a pocas. Está consiguiendo hacer sus mejores papeles, sin desmerecer joyas anteriores como la vitoreada Santa Teresa de Jesús o su papel en Más Allá del Jardín. Pero esta Hécuba confirma que estamos ante las grandes, que nuestra Velasco nada tiene que envidiar a los grandes rostros del cine de más allá de nuestras fronteras. Durante algo más de hora y media sientes que esa historia está ocurriendo de verdad, que a La Velasco se le desmorona la vida, que pierde a sus hijos y que cae para levantarse más fuerte.

El público aplaudió a rabiar a cada uno de los actores pero se puso en pie para dar las gracias a Concha Velasco. Como si no lo creyese, no quería salir del escenario, no quería marcharse mientras aquellos aplausos seguían alabándola. Se despedía, volvía, llamaba a sus compañeros, y así en numerosas ocasiones. Ante tal aclamación, La Velasco ( y le pongo el “La” delante cual coplera de éxito ya que su apellido tiene entidad propia y sobran nombres) dijo unas palabras. Agradeció, una, dos, tres veces, el cariño de la gente y prometió que a esa Hécuba le quedaba un largo recorrido.

Hécuba, desdichada Hécuba.

ANTÍGONA: SINÓNIMO DE LIBERTAD                                    10.02.2013

Antígona no necesita presentación ninguna. Es el mayor canto a la libertad que se ha escrito desde su origen en Sófocles hasta autores posteriores como Jean Anouilh que han realizado su propia versión del clásico. Este texto es imperecedero,  no tiene edad ni tiempo al que amarrarse de manera obligada. Puede ser comprensible y aplicable en cualquier momento pero, lógicamente,  cuando el poder se muestra intransigente y el pueblo clama libertad y justicia Antígona cobra mayor presencia.

Ahora mismo, representar y llevar Antígona al teatro es un acierto. Rubén Ochandiano, esta vez acompañado de Carlos Dorrego, ha llevado su revisión del texto de Jean Anouilh a las tablas de las Naves del Matadero (Madrid). Si la crítica y el público se rindió ante su versión deLa Gaviota lo realizado con Antígona no va a dejar a nadie indiferente.  Siete actores se mueven sobre un marco incomparable. Una escenografía con lo justo y necesario, nada de aditivos que hagan perder la atención al espectador. Todo en la obra tiene su porqué, su razón de estar, su sentido, su papel. Al fondo, aderezado por una tenue luz, el pianista Ramón Grau toca las piezas que acompañan a la obra.  Al espectador, una vez deja su butaca, el soniquete le queda en la mente como hilo conductor, como himno de libertad. El juego de luces que se ejecuta en Antígona es espectacular. Gómez-Cornejo mantuvo hasta el final el secretismo entorno a la estructura de iluminación y no era para menos. Najwa Nimri aparece por primera vez en unas tablas para dar vida a uno de los papeles más ambiciosos de cuantos se han escrito para una mujer. Dar piel a Antígona no es tarea fácil pero Nimri lo hace con total naturalidad, como si esa Antígona se hubiese basado en ella. Pone su cuerpo, garra y fuerza a disposición de la hija de Edipo que luchará hasta la extenuación para dar un final digno a Polinice, su hermano. El juego entre Najwa Nimri y Rubén Ochandiano, Antígona y Creón, sobrina y tío respectivamente, es soberbio. La tensión crece, el corazón se acelera y las lágrimas brotan conforme la historia se adentra en la recta final. Un juego peligroso entre ambos, de verdades y realidades ocultas. Ochandiano, quien primeramente iba a centrarse en la dirección y terminó por convertirse, además, en uno de los papeles fundamentales de la historia, da vida a Creón, la figura del poder en todo este entuerto. Encarna la ambición, la dureza, el poder corrompido por el poder, la figura incuestionable de un gobernante nada legal. Hablar de Ochandiano es hablar de solvencia, de profesionalidad a raudales, de todo terreno de la interpretación y últimamente también de la dirección. La soberbia, ironía, cinísmo y poder de Creón se combinan en la piel de Rubén Ochandiano. El resto del reparto, está a la altura de los citados. David Kammenos nos impregna de la elegancia francesa al servicio de la trama y de Creón. A destacar Nico Romero. Al igual que Najwa Nimri era uno de sus primeros papeles con peso en el teatro. Su papel, harto complicado por la combinación de género, consigue solventarlo con maestría. Capaz de pasar del pánico, al humor, al sarcasmo o a la rabia en un abrir y cerrar de ojos. Sergio Mur, Hemón hijo de Creón, pieza fundamental de la trama. El giro que realiza Mur de su personaje es bestial. Su mutismo y servidumbre hacia la figura paterna se tornará en una actitud imprevisible. Cuestión de amor. ¿Qué decir de Toni Acosta? Si después de La Gaviota quedé perplejo ante sus dotes dramáticas, con el papel en Antígona volví a experimentar la misma reacción. Es indudable que Acosta posee una vis cómica que todos conocemos pero cuando el drama se apodera de ella, amigos disfruten. Acosta tiene un personaje frágil, protector y absorto por los establecido. Finalmente pero no por ello menos importante, Berta Ojea nodriza barbuda que consigue sacarte alguna sonrisa al principio de la obra. Dulce y asustadiza. Su cara muestra el destino como si estuviese diciéndolo a voz en grito.

Antígona es sublime, un orgasmo para los sentidos. Un texto que invita a una  reflexión ineludible hasta el 17 de marzo en las Naves del Matadero de Madrid. Posiblemente sea una de las mejores obras de 2013. Un montaje que, esperemos, puedan disfrutar el resto de ciudades. En todo caso, amigos no se les ocurra perdérsela.

LA AGILIDAD TEATRAL                               19.02.2012

Hasta el 4 de marzo  estará representándose en el Teatro Olympia (Valencia) la obra FUGA para después continuar con su extensa gira por otras ciudades españolas (del 9 al 11 de marzo en Alicante). Este trabajo dirigido por Jordi Garcelán lleva en cartel desde finales del 2010 cosechando un enorme éxito allá por dónde va. El secreto es más que visible, únicamente en el cartel ya tienes cinco razones para acudir a por tu entrada sin tiempo para titubeos. José Luis GilAmparo Larrañaga o Kira Miró son algunos de los actores que conducen esta trama de una manera sublime.

En ocasiones la obras de teatro salen adelante por un buen guion,  por unos buenos actores o por una buena puesta en escena, esta obra lo tiene todo. El guion te lleva desde tu butaca a involucrarte de lleno en la historia de Fuga. Está repleta de giros, nada de lo que ves es cierto, todo tomará forma en un final sorprendente. El primer acto está protagonizado, en principio, por Amparo Larrañaga (Carmen…) y José Luis Gil(Isidre). Ambos crean un clima de actuación inmejorable. Consiguen traspasar la cuarta pared para meternos de lleno en una disputa dialéctica, brillante y acelerada. Amparo Larrañaga se mete en un papel de mujer de barrio, de Vallecas concretamente, que vende a domicilio utensilios para evitar escapes de gas, porque ella es de “La Compañía del gas”, tal cual. José Luis Gil encarna a un político corrupto, con un chalé de ventanas diminutas conseguido de manera poco legal. A punto de suicidarse contacta con una prostituta, KiraMiró. Este caso me dejó perplejo. El papel de Kira es el primero que interpreta en teatro y, pese a que lleva unos cuantos meses con la obra, me dejó totalmente anonadado. Consiguió estar al nivel de veteranos como José Luis Gil o Amparo Larrañaga. La escena que ocurre en el primer acto entre los tres actores es desternillante, surrealista y sublime.

Seguidamente aparece Mauro Muñíz, este, metido en su papel de macarra de extraradio, va a ser más conocido por el espectador de lo que a priori piensa. El acto entre Muñíz y Gil tiene partes excelentes, tan sobrecogedoras como tremendamente divertidas. El último actor que quedaba por aparecer es Francesc Albiol. De este solo puedo alabar su actuación. Interpreta a un viejo paralítico que también dará un giro inesperado a su personaje. Su escena en segundo plano, mientras otros personajes desarrollan su trama frente a sus ojos, es aplaudida por todos los asistentes.

En este caso encontramos una conjunción de elementos que hacen de esta obra un espectáculo que es imposible perderse. El guion mantiene el ritmo con momentos inteligentes, absurdos y brillantes interpretados a la perfección por cinco actores con una tremenda química. Algunos de ellos como José Luis GilAmparo Larrañaga o Mauro Muñíz ya venían de trabajar juntos en la obra Ser o no ser que terminaron al tiempo que se les presentó este papel. Cuando acudes al teatro con pretensión de comedia tiendes a pensar que puedes asistir a un espectáculo de gags inconexos y humor fácil que salvarán actores de gran talla. En este caso no fue así. El guion es llevado magistralmente por los cinco actores. No solamente “recitan” el texto de manera brillante si no que es acompañado por acciones, en ocasiones mudas, en segundo plano, que crean un clima agradable para el espectador.

Si de mi opinión dependiese os instaría a ver Fuga. Obras de este estilo no se pueden dejar pasar. Lo tiene todo para pasar una hora y media pegado a la butaca sin parar de reír y sorprenderte. Fuga merece mucho la pena.

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